3. 16 de junio de 2000.
por Felipe Noguera
NUESTRO PRÓXIMO SENADO
Muchas de las acciones del Senado Nacional, y en particular las decisiones y las declaraciones de cada senador tomadas individualmente, ya comienzan a sonar a campaña electoral. Y las que no, quizás deberían empezar a hacerlo. Es que en el año 2001 se renovará la totalidad de los senadores, situación que no se había vuelto a producir desde el retorno a la democracia en 1983.
Lo más novedoso, sin embargo, no es el hecho de que se renueven todos, sino es que esta vez serán electos por el voto popular, y no por las legislaturas provinciales, como hasta ahora. Este cambio es parte de la reforma constitucional de 1994, y sólo entra en vigencia plena el año que viene, ya que había que esperar que expirara el mandato de los senadores de entonces, un tercio de los cuales había sido electo por nueve años en 1992. Desde entonces, ha habido una serie de disposiciones transitorias para cubrir las vacantes de aquellos electos en 1989 y 1986, y para incorporar a un tercer senador por provincia. En este período también se han producido algunas controversias de pública notoriedad, con la incorporación de algunos senadores cuestionados en cuanto a la corrección de su elección por su legislatura o por su partido.
La reforma de 1994 introdujo al menos cuatro cambios importantes en lo referente a cómo se conforma el Senado de la Nación. El primero, como ya se dijo, es que la elección es ahora por votación popular, y no a través de las cámaras provinciales, como antes. El segundo cambio es la reducción del mandato de nueve a seis años. En tercer lugar está la ampliación del número de senadores, de dos a tres por provincia. Y el cuarto es la definición de un papel específico y exclusivo de los partidos políticos, ya que el nuevo sistema electoral -definido en la misma Constitución en el artículo 54- adjudica dos bancas al partido que saca más votos y una al que sale segundo.
Cuatro cambios de peso, y queda pendiente el quinto: el que defina cómo se compatibilizan estos cuatro con el llamado "cupo femenino".
La elección por voto popular responde claramente a una demanda de larga data, y figuraba en la agenda de cualquier reforma constitucional que fuera a producirse. Los Estados Unidos de Norte América, en donde se originó el sistema de elección indirecta de los senadores por las legislaturas, ya habían optado por el voto popular en la XVII enmienda de su constitución en 1913. Asimismo, la reducción del mandato de nueve a seis años era un cambio obvio, consensual y esperable en tiempos donde todo cambia a gran velocidad, incluyendo las preferencias y prioridades del electorado.
La introducción del tercer senador responde a argumentos de representación de minorías. A este argumento no sólo puede contraponérsele el desagrado general con la ampliación de lo que por muchos puede ser percibido como un gasto público innecesario, sino que entra en conflicto con el espíritu de la disposición de cómo se elegirán los senadores de ahora en más. Es que el nuevo sistema electoral refleja el carácter de pacto bipartidista que tuvo la reforma de 1994, también evidente en los porcentajes tan peculiares definidos como umbrales para ganar la elección presidencial en primera vuelta. (El umbral más sencillo y común en otras naciones con "ballotage" es el 50%, un porcentaje difícil de alcanzar y que abre las puertas a que partidos pequeños sueñen con forzar una segunda vuelta y ganarla.) Si bien toda ley electoral refleja los intereses y los designios de quienes la ponen en vigencia, también es cierto que los mecanismos electorales toman vida propia, y suelen tener consecuencias inesperadas y a veces no deseadas por sus creadores. A los votantes no les gusta que les obliguen a un cierto resultado, y suelen reaccionar en contra de tales designios. Como ejemplo basta observar que el surgimiento del Frepaso es exactamente eso: una tercera fuerza que gana espacio en la medida que las dos fuerzas tradicionales hacen un pacto bipartidista.
Entonces, la pregunta clave para el 2001 es cómo reaccionará el electorado frente a estas nuevas reglas. Se impondrá el bipartidismo y desaparecerán los partidos provinciales? Se aliarán éstos con las fuerzas nacionales en busca del segundo senador de la lista más votada, o pasará como en la elección presidencial de 1995, donde la supuesta "tercera" fuerza -el Frepaso- salió segunda?
Por otra parte, más allá de los cambios en el sistema, también hay que considerar el efecto de la actualidad política en las elecciones, y el impacto que pueda tener el resultado electoral en el futuro del actual gobierno. La gran mayoría de los votantes se encuentran en provincias donde se combina la Alianza como oficialismo nacional con el peronismo como oficialismo local. Ambas fuerzas con sus pujas internas, y en medio de procesos de renovación y cambio (sic). Seguirá el país con la "sensación térmica" de estancamiento e incertidumbre actual, o estaremos ya en un período de crecimiento?
En lo puntual, los senadores justicialistas parecen haber actuado con astucia política al aprobar la ley laboral, ya que si el empleo no crece no será culpa de ellos. Seguramente habrá muchos otros temas, crecientemente tratados con criterios electorales, es decir, tomando en cuenta más lo que quiere la gente, y menos lo que quieren las estructuras partidarias provinciales, que ya no son sus electores.
Por último, se abrirá un debate sobre el perfil de los nuevos senadores. Sin duda que el senado actual cumple la función de dar un espacio a muchos "seniors" del poder para no desaprovechar su experiencia. Es casi una forma de contención política para quienes, si no tuvieran este espacio, no encontrarían cómo insertarse en el sistema, como muchos ex-presidentes en países que no tienen una institución de este tipo, consideración que en nuestro país también podría extenderse a los ex-gobernadores. Serán los actuales senadores elegibles con el nuevo sistema? Podrán reciclarse y reconvertirse, y, por qué no decirlo, volverse competitivos en este mercado electoral más abierto? Será ésta la oportunidad para que nuevas figuras, menos atadas a las estructuras de los partidos, pero más cercanas al afecto popular, hagan su entrada en el escenario electoral?
O será que las cosas cambian pero no tanto. Después de todo a los candidatos los ponen los partidos, sólo entran los dos primeros, y la experiencia política no es algo que deba ser subestimado.