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por Andrea Kobilsky *

ELECCIONES EN GRAN BRETAÑA:
RESULTADOS PREDECIBLES, FUTURO INCIERTO

Las últimas elecciones en Gran Bretaña –que le dieron la segunda victoria consecutiva al laborismo, consagrando la reelección de Tony Blair como primer ministro– serán probablemente recordadas por muchos como unas de las más predecibles y desprovistas de drama en la historia de este país.

Lo cierto es que los números finales registrados en las urnas –42% para el laborismo, 33% a favor del conservadurismo, 19% para los liberales demócratas, sumados a una tasa de abstencionismo del 41% (la más alta registrada desde 1918)– permiten concluir que estas elecciones han marcado un histórico punto de inflexión, a la vez que un interesante desafío para los principales actores del escenario político británico, tanto en el gobierno como en la oposición.

La campaña electoral, que se extendió formalmente durante cuatro semanas, no fue sino el epílogo del primer gobierno laborista electo después de 18 años de conservadurismo ininterrumpido en Gran Bretaña. Tony Blair supo, desde el día que asumió en 1997, que cuatro años no serían suficientes para que el ‘nuevo laborismo’ escribiera su propia página en la historia británica. Siempre consciente de esta realidad, su objetivo de partida consistió en trabajar para renovar el voto de confianza del electorado, adjudicarse un segundo mandato, y así embarcarse de lleno en la difícil tarea de reformulación del partido que lidera.

El ‘nuevo laborismo’ impulsado por Blair nunca se formuló como un proyecto de gobierno transitorio, sino que pretendió erigirse como un plan a largo plazo que llevaría a cabo importantes reformas en el país. Para Owen Hartley, académico de la Universidad de Leeds, la mayor parte de las políticas impulsadas desde el gobierno requerían entre cuatro y cinco años adicionales para su implementación; dentro de este esquema, la apuesta fuerte para Blair era naturalmente la reelección.

Para lograr esto, el gobierno tuvo que luchar primero contra una serie de percepciones históricamente asociadas al Partido Laborista, y demostrar que su gobierno podía administrar el país eficientemente con nuevas bases de apoyo en el sector privado, y lejos del tradicional sostén de los sindicatos.

Pero el verdadero reto de Blair en los años por venir, superada la primera prueba en materia de eficiencia económica, será demostrar que el ‘nuevo laborismo’ es más que un estilo de gobierno. La apuesta más fuerte –una de sus principales promesas de campaña– será la reforma del sector público, fundamentalmente en materia de salud y educación. Y deberá obtener resultados relativamente pronto, porque si bien los porcentajes electorales recientes han reafirmado un voto de confianza a un estilo eficiente de gestión, el elevado nivel de apatía entre los ciudadanos significa también un reclamo para que el gobierno comience a exhibir resultados concretos.

En el caso del Partido Conservador, los desafíos inmediatos pasan más bien por recomponer sus filas internas después de la derrota del pasado 7 de junio en las urnas. La renuncia de William Hague al liderazgo del partido se produjo como consecuencia lógica luego de una campaña que desde el inicio se posicionó como perdedora en todos los frentes posibles.

El principal error fue convertir a la defensa de la libra en el mensaje central de la campaña, una suerte de capricho por parte de Hague y su equipo que poco tenía que ver con las reales preocupaciones de los votantes, quienes priorizaban –según la mayoría de las encuestas preelectorales– primero la salud, segundo la educación, tercero el empleo, luego la seguridad, los impuestos y apenas en sexto lugar Europa. La relación de Gran Bretaña con la Unión Europea no es un tema que desvele a los británicos, al menos no todavía.

La segunda debilidad de la campaña conservadora fue el propio candidato, que no sólo corría en desventaja frente a su principal oponente en términos de imagen, sino que además insistió en criticarlo, convirtiéndose así en el personaje desagradable que atacaba al bueno de la película.

La tercera desventaja del conservadurismo se resume, paradójicamente, en que ningún otro tema ni candidato elegidos hubiesen tenido grandes probabilidades de revertir la tendencia a favor del laborismo. Gran Bretaña votó a favor de la continuidad, y el Partido Conservador se encontraba muy lejos de posicionarse como garante de tal condición.

Dicho esto, el desafío más importante del conservadurismo a largo plazo –una vez recompuesto el frente interno con la selección del nuevo líder– será el de reformular su relación con el electorado para adaptarse al nuevo tablero político. Para ello, deberá procurar definirse no en contraposición al laborismo, que ha sabido correrse hacia el centro del espectro, sino en respuesta a las principales demandas de los británicos.

En el caso del Partido Liberal Demócrata, la expectativa depositada por la opinión pública es hoy elevada, luego de haber obtenido el apoyo de cerca del 20% de los votantes. Consciente de la oportunidad que se abre con estos resultados, Charles Kennedy –el líder liberal– se comprometió en su mensaje post-electoral a encabezar una oposición constructiva al actual gobierno laborista.

Lo cierto es que, frente a un Partido Conservador dividido y golpeado, Kennedy cuenta con una oportunidad para ocupar el espacio vacante de la oposición en un primer momento, al menos. A esto se le suma el segmento del electorado a la izquierda del espectro político enojado con el corrimiento de Blair al centro de la cancha. Si Kennedy consigue capitalizar ambos factores, entonces el futuro de los liberales demócratas en Gran Bretaña goza de buenas perspectivas.

Después de una campaña electoral sin sorpresas ni sobresaltos, los próximos años serán seguramente testigos de nuevos –y más fuertes– compromisos en el gobierno como así también de nuevas definiciones en la oposición de uno y otro lado. Lejos de un escenario aburrido, los varios frentes en la política británica prometen interesantes reacomodamientos que habrá que seguir de cerca.



* Politóloga, participó como observadora del proceso electoral británico, en un programa organizado conjuntamente por el British Council Argentina y la Fundación Universitaria Río de la Plata (FURP).